Monday, June 08, 2009
Veinticuatro cosas metafísicas sobre mi persona
[2] Tengo una novia que se llama Aneris y si uno lee su nombre al revés, leerá "Sirena".
[3] Mis referentes literarios son Stephen King y Jorge Asís y no leo poesía porque me aburre.
[4] Me gusta escuchar temas de Fernando de Madariaga, el Paz Martínez y María Marta Serralima.
[5] Publiqué un librito de cuentos horripilante llamado El pez por la boca come, hace mil años. Lo más raro de todo es que a mucha gente le gustó y hoy en día no me queda ni un solo ejemplar.
[6] Hasta hace poco, me fascinaban las historietas. Ahora no sé que me pasó que, cada vez que agarro una, no paso de la tercera viñeta.
[7] Durante ocho años, fui árbitro de fútbol.
[8] Soy ateo y supersticioso.
[9] En el 2007 recibí una mención de la Universidad Nacional de Rosario por se el mejor promedio de mi promoción en la licenciatura en letras. El diploma decía: "La Universidad Nacional de Rosario distingue a la Licenciada Walter Koza (...)".
[10] Conocí el mar a los treinta y dos años y, apenas lo vi, me deprimí; era más grande que yo.
[11] Tengo muro en facebook, msn y blog.
[12] No sé aprovechar muchas de las posibilidades que brinda este blog como ser poner fotografías, subir videos, etcétera.
[13] Tengo fobia a las ratas.
[14] En el 2005, me encontré cien pesos en el mes de enero y cien en febrero.
[15] No soporto que la gente use "el mismo", "la misma", "los mismos" o "las mismas" como deícticos. ¡No son pronombres, la reputísima madre que los parió!
[16] No sé por qué elegí poner veinticuatro cosas metafísicas sobre mi persona ni por qué los números que las ordenan están entre corchetes.
[17] Pienso que un mundo en el que existe la Coca-Cola y el guiso de lentejas no puede ser un mundo tan malo.
[18] Me psicoanalizo.
[19] No me gusta la pizza.
[20] Cuando era chico, mi familia me decía "Negro" y la gente del barrio, "Alemancito".
[21] Siempre sé a quién votar en las elecciones.
[22] Me gusta levantarme temprano, sobre todo los domingos para ir al bar a desayunar y leer el diario.
[23] Mido 1,87, peso 92 kgs., de cutis trigueño y ojos oscuros. No subí mi foto al blog porque no sé cómo se hace.
[24] A pesar de todo, creo que soy bastante normal y buena persona.
Tuesday, March 31, 2009
Un mito sobre Puig
“—Mirá, Nené, yo creo que todo está escrito, soy fatalista, te podés romper la cabeza pensando y planeando las cosas y después todo te sale al revés”
(Manuel Puig, Boquitas pintadas)
El que atacó primero y sin anestesia fue Peralta. Lo hizo no bien lo vio entrar al bar a Maurito, el Benjamín del grupo. El chico saludó desde la puerta, con el brazo extendido y con una sonrisa inocentona que en un principio me dio pena. Con cierta dificultad, fue esquivando las mesas del Laurak, que ese día estaba repleto, hasta llegar a nosotros.
—Che, Mendizábal —le dijo Peralta a Federico, quien en ese momento se hallaba de lo más entretenido resolviendo el crucigrama del decano de la prensa argentina—, ¿es verdad que si a la noche, antes de dormirte, leés a Manuel Puig, te volvés puto?
—Por supuesto —contestó Federico como al descuido pero con una firmeza que delataba que había cazado la broma al vuelo.
—¡Uy, qué hacés, Maurito, cómo andás! —saludó Peralta haciéndose el boludo—. ¿Qué libro estás leyendo?
Mientras hacía la pregunta, yo aparté la cartera y el abrigo para cederle el asiento al más joven del grupo. Peralta se había dirigido a Mauro sabiendo desde un primer momento que el libro que llevaba entre las carpetas era una edición de bolsillo de Boquitas pintadas.
—¡Puta madre! —exclamó Mauro—. Este boludo que ya empieza a joder.
Todos los jueves nos juntábamos los cuatro, a partir de las siete de la tarde en el bar que estaba a casi una cuadra de la Facultad de Humanidades y Artes. Federico Mendizábal, Eugenio Peralta y yo, Marta Mangiaterra, la única mujer, éramos egresados de la carrera de Letras. A Mauro le faltaban unas materias aún, se nos había unido al grupo hacía como dos años, cuando coincidimos en una materia de formación pedagógica. Él era unos siete años más chico que nosotros y eso lo hacía blanco de todas las cargadas que elucubraban Eugenio y Federico. Confieso que más de una vez yo me había prendido en sus bromas, pero lo hacía esporádicamente. El Benjamín me despertaba un instinto maternal que se acentuaba más cada vez que los otros dos zánganos lo utilizaban de chivo expiatorio.
—A ver, me quieren explicar que es esa pelotudez de leer a Puig de noche — dijo el chico.
La moza más simpática del bar se le acercó y le preguntó si iba a tomar lo de siempre y él le dijo que sí.
—No, no, momentito —fingió escandalizarse Peralta—. Acá solamente hablamos de cosas serias. ¿Cómo es eso de “esa pelotudez”? Más respeto, mocoso.
—Chupame la pija —disparó, y dirigiéndose a mí:—. Disculpá la grosería, Marta, pero es que estos hijos de puta son de terror.
—Vio, licenciado —dijo Eugenio mirando a Mendizábal, el único de nosotros que además del profesorado, también había hecho la licenciatura—, es al divino botón. Uno adquiere experiencia, va transitando por los adversos y sinuosos caminos de la existencia, ¿y todo para qué? Para que estos pendejos se caguen de risa y no le den bola.
Mendizábal volvió a apartar la vista del diario y me miró guiñándome un ojo.
—La culpa es tuya, veinte mil años en esta Facultad de mierda y todavía no aprendiste que la experiencia no se transmite, sino que se cultiva y adquiere. ¿Dónde mierda estuviste en primer año?
La moza le dejó el pedido a Mauro y se fue dedicándole una sonrisa. Eso me hizo recordar la vez que esos dos lo volvieron loco diciéndole que la moza le andaba detrás.
—¡Viste! —se entusiasmó Mauro—. Este va a estar mil años más en la Facultad y no va a aprender nada. Para mí que le hace falta una buena dosis de Vergamitol Compuesto —y nuevamente dirigiéndose hacia mí:—. Disculpame otra vez.
Yo me reí divertida, porque cada dos por tres sabía mandarme mis buenas guarangadas en esa “mesa de los galanes mixta”, como nos había bautizado un profesor que en el mismo día y horario daba consultas de crítica literaria en una mesa cerca de la puerta.
—¡Ah, no! —exclamó Mendizábal volviendo a tomar partido por Peralta—. Que yo diga que este pajerazo es un nabo que no sabe una mierda de nada, no significa que un pendejo como vos le venga a faltar el respeto.
Maurito resopló y se puso a sacudir el sobrecito de edulcorante.
—¿Tenés que leer a Puig para Argentina Dos? —le pregunté como para apaciguar.
—Sí, estamos dando la apropiación de géneros populares en Puig.
—¡Ahí tenés! —casi gritó Peralta—El problema es ese. Rompen las bolas con Puig, Perlongher, Sebrelli, todos tragasables del año cero, y así terminan los alumnos. Porque claro, qué les importa si uno tiene que laburar y solo puede leer de noche.
En realidad, el origen de la broma derivaba de que hacía poco, Mauro había comenzado a trabajar de cajero en una de las sucursales del Banco Bisel y solo podía ponerse a leer para las materias a la noche.
—Estos te joden porque el tema de hoy fueron las leyendas urbanas —le informé.
Mendizábal buscó la vista de la moza y cuando la encontró le hizo la seña de que quería otro café.
—Claro, claro —dijo él después—. Pero esto que te dijo Peralta no es ninguna leyenda urbana, no es como eso de que si comés sandía y tomás vino te morís. Acá la cosa es distinta, está científicamente comprobada.
—No jodas —replicó Mauro.
—Es más, acá lo dice el crucigrama y todo. Mirá —le dijo señalando una definición inexistente—. Siete vertical, cuatro letras: “Dícese de la condición que alcanzan quienes leen a Manuel Puig por las noches”. Empieza con ‘p’ y termina con ‘uto’.
Peralta, que se había apartado un poco para ver un gol de Tévez en la tele, volvió a la carga.
—Ojo, capaz que el señor Mauro Mendoza esté considerando la posibilidad de darse vuelta y se pone con Puig a la noche a propósito.
—Déjense de hinchar las pelotas —exclamó Mauro—y vos, que lo único que leés es a los yanquis de mierda esos, ¿por qué no le preguntás a tu hermana qué es lo que le estoy considerando?
—¡Eso no es ningún mérito! —exclamó Mendizábal—. La hermana del señor es tan puta que es capaz de cogerse hasta un boludo como vos. Además, escuchame una cosa, ¿vos de qué cuadro sos?
—Ya te dije que no me gusta el fútbol.
Mendizábal y Peralta se miraron con una sonrisa socarrona.
—¡Y ahí tenés! —Federico sacaba a relucir su impronta machista—. No te gusta el fútbol, te gustarán las muñecas o el quiebre de muñeca —acompañó esto último doblando la mano hacia sí.
—Andá a cagar, facho, con razón te gusta Jorge Asís, ese nazi.
—Ya bien lo dice el saber popular: al varón que abomina del fútbol, no merece llamarse varón —se defendió Federico—, y Asís la tiene re-clara.
—Es un antipático desagradable —le retruqué.
—Vos ni opinés —me contestó—. Pizarnikiana de mierda, vas a terminar más tortillera que la vieja esa que te dirige la tesis de maestría.
Federico me lo decía porque yo en aquel entonces estaba terminando una investigación sobre el surrealismo en Argentina y el tema que había elegido para la tesis era, precisamente, la poesía de Alejandra Pizarnik.
—Sea como sea —insistió Peralta—, si a vos, Maurito, se te da por esos cambios, dale para adelante que acá vas a contar con el apoyo que necesites.
—¡Auspicia este segmento —gritó Federico—, Sastrería Paco Jamandreu!
Ni siquiera Mauro pudo aguantar la risa con ese comentario y los cuatro estallamos en carcajadas.
—Qué sé yo —continuó Peralta—. Capaz que a la noche, cuando uno está cansado, como que se pone más sensible, más receptivo a ciertos estímulos. Va cambiando según la época, al principio fue Cortázar y su Rayuela, después imperó Manucho Mujica Láinez, Pablo Pérez en los noventa, si querés, por el lado internacional, lo tenés a Lemebel, a Dani Umpi.
—¡Aia! —exclamó Federico con la voz aflautada—. Esos son escritores tan viriles.
En esa ocasión solo le festejó la broma Peralta.
La conversación siguió durante un buen rato. Quizá, más por piedad que por otra cosa, me solidaricé con Mauro y a las nueve, los cuatro nos fuimos del bar. Peralta fue a buscar el auto y Mendizábal paró un taxi. Yo me fui con el chico a esperar el ómnibus, los otros dos vivían en zona contrarias a la nuestra y no podían acercarnos.
En la parada, Mauro me dijo que a veces no sabía por qué los aguantaba. Yo le dije que no tenía que hacerles caso. A favor de Mendizábal y de Peralta, puedo decir que Mauro la pasaba bien con ellos. Cada tanto, los tres salían por su cuenta y terminaban en lugares non sanctos como La Rosa o El Caburé. Pero, claro está, Mauro nunca me contaba esas cosas.
Como sabía que yo a él le gustaba, no me fue difícil insinuarme y llevarlo a un albergue transitorio. Durante el viaje no nos hablamos y yo aproveché para mandarle un mensaje al celular de mi marido diciéndole que iba a llegar tarde. De vez en cuando lo miraba a Mauro y veía que se ponía colorado, me enternecía.
Llegamos a la habitación y empecé a desvestirlo. Me besaba con desesperación y con torpeza me pasaba las manos por mis senos y muslos. Nos revolvimos en la cama un buen rato hasta que le metí la mano en la bragueta. El miembro reposaba plácidamente, como en un estado de letargo. No me rendí y me puse en campaña para levantarle el ánimo y otra cosa al Benjamín. Pero fue en vano, el tiempo pasaba y, a pesar de mi empeño, no logré encender ni una chispa en mi compañero.
—Debe ser que estoy nervioso —me dijo con un hilito de voz apenas audible.
—No te preocupes —le dije aunque no muy convencida, a ninguna le gusta poner tanto empeño y no lograr nada.
Nos vestimos, salimos y nos despedimos con un beso en la mejilla.
Los jueves siguientes, Mauro no pasó por el Laurak, pero casi un mes después volvió y seguimos como si nada. Mendizábal y Peralta lo siguen cargando y yo, cada tanto, también. Él está más achispado y nos carga también a nosotros.
Por supuesto que no les creí a Federico ni a Peralta eso de volverse gay solo por leer a Puig de noche. Igualmente, por las dudas, cuando mi marido está por acostarse y me pide alguno de mis libros para llevarse a la cama, yo siempre tengo a mano un volumen de cuentos de Bukowsky, alguna novela de Hemingway o algo de Enrique Medina.
Tuesday, November 04, 2008
Casos de la vida real
Le fui infiel a mi esposo (un testimonio de la vida real)
Mi matrimonio no me estaba haciendo feliz así que, ¿por qué no mirar para otro lado en busca del amor? Testimonio de una mujer convertida por Dios.
Desde hacía tiempo venía notando que las cosas con mi marido no estaban marchando como deberían marchar. En realidad, creo que nunca marcharon. Me pregunto si alguna vez estuve enamorada de él. No sabría que contestar. Igualmente, hoy en día, si una llega a decir que está enamorada en seguida la tratan de boluda. Y la verdad es que yo, boluda no fui nunca. Lo digo sin agrandarme, sin hacerme la superada como Maitena. Ella es rubia, yo no lo soy.
Pero también es cierto que me estaba matando la curiosidad por saber qué es el amor. Necesitaba creer que estaba más allá de las canciones de Arjona o de Sabina. Por más que eso implicara (o implicase) quedar hecha una estúpida enamorada. Yo me casé virgen, con José, mi primer novio, y él nunca tuvo, lo que se diría, un gesto romántico. No sé lo que es recibir flores, ni escuchar que la persona que comparte con vos la cama te diga que te quiere. Nunca me regaló ninguna de esas tarjetitas con corazoncitos fluorescentes que ofrecen en los colectivos por unas monedas para que un pobre pueda comer o para ayudar a un hogar de rehabilitación de drogadependientes.
Nunca supe lo que es estar enamorada, nunca le conté a mis amigas que tal chico me había invitado a salir, ni que tal otro me había dicho que le gustaba. Nunca suspiré por los galanes de telenovelas ni estrellas de rock. No sé lo que es ponerse cursi y melosa como un fragmento de Rayuela y nunca me masturbé con la foto de Pablo Echarri. El amor parecía querer evadirse de mi ser y conducir indefectiblemente mi vida hacia el ocaso.
Hasta que un día conocí a Dios.
Caer en la tentación no debe ser algo prohibido. Es más, debería ser un mandamiento más, que esté junto con ese de “honrar a tu padre y a tu madre”. En su defecto, deberían sacar el de “no desearás a la mujer de tu prójimo”. Dios es amor y nunca va a condenar un sentimiento tan puro como ése, ames a quien ames. Dios es amor, de eso no tengo dudas. Y dudar, pueden creerme, no es saludable.
No me animo a decir que mi esposo haya tenido la culpa. Creo que no se daba cuenta. Nadie le había enseñado cómo debe portarse un hombre cuando contrae matrimonio. Siempre fue un tipo parco, no muy dado a la vida social ni al diálogo en la pareja. Nunca pude charlar el asunto con él.
Y era inevitable que un buen día, el deseo que yo creía dormido, en coma para ser más precisa, se despertara. No sé cómo, pero me di cuenta de que yo tenía que vivir. Era joven, linda, tenía todo por delante. Todo para ser feliz. Pero también, es cierto, lo primero que tenía en frente era a mi marido.
Ojo. No quiero ser malinterpretada, de buen grado hubiera focalizado todo ese deseo que me nacía de las entrañas con el hombre con el que me casé. Intenté hacerlo, traté de mirarlo de la mejor manera posible. Pero no hubo caso, mi marido no me calentaba y no creo que algún día llegue a producirme el más leve deseo. Mi marido es un buen tipo. Pero nada más que eso.
Empezaron las dudas, empecé a fijarme en otros hombres, en vecinos, en primos, los vendedores del mercado. Qué sé yo, miraba todos los tipos con los que me cruzaba. Me empecé a angustiar, quería ser feliz pero a la vez ser una señora de su casa. Quería ser más puta que Madame Bovary pero tan fiel como Penélope. Me desangraba en ese mejunje que tenía en la cabeza. Me di cuenta de que estaba convirtiéndome en una histérica.
Hasta que un día conocí a Dios.
Una mañana, comprendí que estaba perdida y necesitaba ayuda. Aunque sabía de su existencia, Dios nunca fue parte de mi vida. Pero en aquel momento lo necesité. Cuando José estaba en su trabajo yo me hinqué de rodillas en la cocina y le rogué al Señor que me iluminara. Que viniera a mí, a mi vida y a mi corazón. Y él vino.
Dios apareció y me llenó de dicha. Me hizo sentir la mujer más feliz de la tierra. Alumbró mi espíritu y me bendijo. Fui suya para siempre. Él supo darme lo que yo más necesitaba. Fui ramera y casta al mismo tiempo. Gocé como una perra en celo pero sin perder la dignidad. Dios me brindó un orgasmo supremo, digno de alguien como él. Un orgasmo sublime, colosal. Un orgasmo divino, como jamás había tenido.
Ahora espero el fruto de su amor. Sé que va a ser un chico. Un chico tan fuerte y tan buen mozo como él. José se queja y rezonga, pero sé que se le va a pasar y, es más, me va a ayudar a criar a mi hijo y al hijo de Dios.
Todavía no nos decidimos por ningún nombre, pero creo que Jesús va a estar bien.
Saturday, November 17, 2007
Diez indiecitos
Las frazadas disfrazadas
De cobijas cobijaban
Indiecitos enjaulados,
En fila india ordenados.
Pues cumplían duras penas;
Quince años de condena.
La justicia calavera
No chilló y dictó sentencia.
Sin llegar al genocidio
Cometieron homicidios.
Liquidaron siete viejas
Por dos platos de lentejas.
Sepultaron tres caudillos
Para hurtarles picadillo,
Cinco latas de morrones,
Sales gruesas, pimentones,
Mayonesas, mermeladas,
Una tarta de manzanas,
Chocolates, Mantecoles,
Y de maicena alfajores.
Y también asesinaron,
Ocho pares de escribanos,
Por negarles una audiencia.
Ni ocultaron la evidencia.
Y la poli en su pericia
Determinó con justicia:
Los finados; confinados,
A ataúdes sin laúdes,
Ya redondos, ya oblongos
Hacia el hondo bajo fondo.
Y los indios a las celdas.
¡Qué tremenda reprimenda!
Tantos años encerrados
Se volvieron mahometanos.
Practicaron el budismo.
Y también el judaísmo.
Y con esas religiones
Derivaron en mormones.
Ya después en protestantes,
Y más luego en atenuantes
Apostólicos romanos
Los católicos indianos.
Así fue que terminaron
Y sus vidas novelaron,
Alabando al Corpus Christi,
Por la autora Ágatha Christie.
Sunday, June 24, 2007
Máxima paso a paso
Se oye música.
Se oye poca música.
Se oye poca buena música.
Existe poca buena música.
Es poca, pero buena música.
Poca, pero muy buena.
Existen pocas cosas buenas.
Existen pocas cosas, pero buenas.
Existen pocas cosas, pero bueno.
Existen pocas personas buenas.
Son pocas las personas buenas.
Somos pocas las personas buenas.
Somos pocos los buenos.
Somos pocos, pero bueno.
Somos pocos.
Pocos como la música.
Como la música buena.
Y como las cosas buenas.
Lo bueno viene en frasco chico.
En uno grande sobraría espacio.
Porque lo bueno es chico.
Existen en cantidades limitadas.
Las cosas malas no.
Las cosas malas son muchas.
Hay muchas cosas malas.
Muchas, muchas, muchas.
Cantidades superfluas de cosas malas.
Existe un número superlativo de cosas malas.
Es un gran número.
Un número de muchas cifras.
Porque lo malo es grande.
No existe frasco alguno que pueda contener la maldad.
No existe un frasco tan grande.
Pero frascos malos sí existen.
De esos que se rompen enseguida.
Que son requetefrágiles.
Y no aguantan nada.
Y hacen que se derrame el contenido.
Y uno pierda lo que allí guardaba.
Y si era un frasco chico peor.
Porque seguro contenía algo bueno.
Un frasco chico no puede contener cosas malas.
Las cosas malas no vienen enfrascadas.
Las cosas malas andan libres.
Las cosas buenas están presas.
Y para colmo de males, en frasco chico.
Andan todas apretujadas.
Esperando que el frasco se abra.
O se rompa.
Y así poder ser libres.
Pero libres se vuelven malas.
Porque lo bueno viene en frasco.
Lo bueno viene en frasco chico.
Wednesday, May 23, 2007
En nombre del nombre
Joaquín Carmelo viene a ser solo un membrete
que le pusieron en la pila bautismal,
pero su nombre de combate es Barrilete
le cae al pelo, con su personalidad.
(Carlos Mejía Godoy, Quincho Barrilete)
Su nombre no era de los que podrían considerarse “raros” o exóticos. Pero tampoco se ubicaba de buenas a primeras entre los más comunes. Porque si bien es cierto que no se llamaba Nicéforo, ni Ermenegildo, ni Heliogábalo; tampoco se llamaba Luis, Pedro o Juan. En todo caso podríamos pactar que que su nombre se ubicaba cercano al límite que divide a los nombres habituales de los otros. Se llamaba Walter y tal nominativo fue producto de la improvisación paterna. Porque, luego de que Lidia Orellana diera a Luz un día antes del día de la lealtad en el sanatorio de
Afortunadamente el Registro Civil fue más discreto que el joven matrimonio Koza y les negó rotundamente ese atentado contra el buen gusto. Porque uno, ante todo, es un nombre. Lo demás es secundario. Nuestros títulos, prestigios o decadencias son nada más que aditivos con el que lo adornamos. Por eso, quizá no sea del todo osado suponer que el acto más digno, pero a la vez el más cruel, de nuestro padres sea el de elegir un nombre para sus hijos.
La negativa debió haberlo hecho vacilar al joven Mario Jesús, que en aquel octubre de mil novecientos setenta y seis contaba apenas con diecinueve años. Encima tenía que tomar una decisión y pronto. Detrás de él, la cola conformada por otros padres se impacientaba. Seguro le pidió consejo al empleado público y éste, fijándose en la lista, habrá dicho “Walter” y el padre asentiría con poca convicción pero con firmeza.
Walter. Walter Adrián. Walter Adrián Koza.
Varias veces Walter se preguntó si Walter era un nombre raro o común. Con el apellido no había tenido opción y nunca se inmutó por las burlas. Ni siquiera en la adolescencia, cuando éstas eran más crueles. Ni siquiera cuando daba clases en el secundario y después de presentarse como el profesor Koza escuchaba el acceso de risa disimulado en un carraspeo. Su apellido lo tenía sin cuidado, hasta le agradaba como sonaba. Tampoco había problemas con su segundo nombre, Adrián. A lo mejor, le parecía un tanto afeminado pero no le hacía mella. En todo caso le daba un simpático aire posmoderno y él prefería la franca superficialidad de lo posmoderno al esnobismo clasicista. No había inconvenientes con Koza, ni con Adrián. El problema de Walter estaba en Walter.
Y Walter la pasó mal por culpa de Walter un martes al anochecer, hace algunos años. Él había salido de la facultad con un ejemplar de
Se úbicó en el último de los asientos dobles, del lado del pasillo y de esa manera completó el máximo de pasajeros sentados. Los que iban subiendo se resignaban a viajar de pie.
El coche se fue llenando paulatinamente. Una joven rubia con sus correspondientes ojos celestes y una figura escultural subió en Urquiza, más o menos a la altura de Presidente Roca. Allí, el ómibus estaba casi colmado y le costó marcar la tarjeta. Pero luego de hacerlo, lo vio y sonrió como una modelo. “¡Walter!”, gritó desde aquel extremo del colectivo, “¡Ey, Walter!”. Walter se sorprendió y gratamente vio como la chica se encaminaba hacia donde él estaba, sorteando pasajeros y tratando de no perder el equilibrio en las bruscas maniobras que ejecutaba el chofer al conducir.
Tardó bastante en llegar, casi cinco cuadras. Walter se reprochaba no acordarse en absoluto de ella, que a medida que se acercaba parecía ser más linda y agregar una hilera de dientes a su sonrisa. Cuando el encuentro se hacía inminente, él se preparaba para pararse y cederle el asiento. Fingiría en los primeros instantes. No le diría que no se acordaba quién era. Confiaba en que, al avanzar la conversación, su memoria se fuera refrescando.
Walter ya tenía las manos en espaldar del asiento de adelante y hasta esbozó una sonrisa a la rubia, quien, sin prestarle la más mínima atención, le estiró la trompa al tipo que estaba sentado del lado de la ventanilla y lo saludó con un caluroso beso en la mejilla derecha.
Nadie se dio cuenta pero Walter enrojeció de vergüenza y durante días pensó en el papelón que podía haber protagonizado. Cada vez que relata este acontecimiento, rememora los latidos acelerados del corazón y la conversación del segundo Walter, el afortunado, con la rubia. Uno de ellos había comenzado un curso en
Sunday, April 01, 2007
De cómo Sofío da muestras de grandes capacidades olfativas
—Me parece que tiene que levantar la nota mijito –dijo la maestra Mariela a su alumno Sofío, utilizando un leve, aunque inconfundible tono de ironía.
Sofío se agachó lo suficiente como para que sus manecillas de niño inocente alcanzaran el suelo y recogió el papel que se le había caído. Acto seguido, plegándolo cuidadosamente se lo guardó en uno de los bolsillos laterales del guardapolvos.
—Ya está –dijo–, ya la levanté.
—No me refiero a ese tipo de nota.
—¿A qué tipo se refiere entonces? –inquirió Sofío.
—Otro tipo. Ese, al que tú te has referido recién, dejó de tener importancia.
—Ah, bueno –dijo Sofío y tiró al piso la esquela.
—¡Levanta esa nota inmediatamente! –gritó la maestra y su alumno obedeció.
—No la entiendo miss Mariela –dijo Sofío tratando de disimular su mal humor–. Hace un rato me dijo que la nota no tenía importancia.
—No me has entendido, dije que «ese» tipo de asuntos no tiene importancia –contestó la docente y agarró a Sofío de los hombros en actitud desesperada–. Lo que a mí me importa son otros tipos, ¿me entiendes? ¡Otros tipos!
—¡Mariela! –gritó la profesora de Asuntos Internos, señorita Gibraltasia, que justo en esos momentos pasaba por allí realizando su ronda matutina para comprobar que todo estuviese en orden.
—¡Gibraltasia! –contestó al grito de su colega la maestra de Sofío–. Esto puedo explicártelo. No es lo que piensas.
—¿Te parece bonito andar ventilando tus asuntos con los tipos? –la docente de Asuntos Internos entró al aula blandiendo su regla reglamentaria que utilizaba para propinar reglazos a todos aquellos que alterasen el orden en la alta casa de estudios, Colegio San Rocco–. ¡Y encima a tus propios alumnos!
—¿Por qué pluralizas tanto? –quiso saber Mariela– ¿Por qué dices mis “propios alumnos” si en realidad tengo a uno sólo; Sofío? –y señaló al niño–. Los demás ya se fueron a sus casas, a este lo dejé después de hora.
—No tengo por qué contestarte eso, yo sólo respondo ante
—No viene al caso –dijo la maestra de Sofío–. Además yo no estoy ventilando nada.
Sofío, en forma muy disimulada se apartó de las docentes y llegó hasta una de las ventanas del salón. Con minuciosidad la abrió de par en par. “Ya que miss Mariela no quiere ventilar nada –pensó–, por lo menos yo voy a ventilar el salón. Algo huele mal en Dinamarca.”
—¡Qué sentido del olfato tienes, Sofío! –exclamó Mariela como si hubiese leído el pensamiento de su alumno– Percibir los olores dinamarqueses desde aquí es algo fuera de lo común.
—¿Cómo supo que yo había olido... —quiso saber Sofío, pero no pudo terminar de formular la pregunta a causa de la más que inoportuna interrupción de la profesora de Asuntos Internos.
—¡Basta de cháchara! –dijo Gibraltasia– Esta vez has ido demasiado lejos Mariela, voy a tener que informar a mis superiores.
Y sin más, giró sobre sus talones y salió del aula.
—¡Gibraltasia nooo! –gritó Mariela y se fue tras su colega, dejando a su alumno completamente solo.
Entonces Sofío aprovechó para hacer las travesuras típicas de todo niño de su edad.
Primero se cercioró de que no hubiese nadie en los pasillos y luego fue al escritorio de la maestra y buscó su cartera. Cuando la encontró la abrió y extrajo de ella un teléfono celular y marcó la característica de Dinamarca y después un número de ocho cifras compuesto por dígitos completamente azarosos. Cuando atendieron, él preguntó si allí había algo que oliera mal (Sofío dominaba todo tipo de dialectos daneses). Le contestaron que en los últimos días se había congestionado el sistema de cloacas y también se hablaba de ciertos casos de corrupción que empañaban el prestigio de ese país pero que, más allá de eso, las cosas se desenvolvían con normalidad. Conforme con eso, Sofío cortó el teléfono y se puso a curiosear en la cartera de la maestra. Encontró una revista de crucigramas, una caja de pastillas para adelgazar y otra con anticonceptivos. Prolijamente intercambió el contenido de ambas cajas y las dejó en el mismo lugar de donde las había sacado. Como Mariela seguía sin aparecer, tomó un lápiz y, fijándose con atención en las soluciones, completó los juegos que traía la revista de crucigramas y hasta se dio el lujo de corregir dos respuestas erróneas que había puesto su maestra.
Diecisiete segundos después apareció Mariela cogida del brazo de la profesora de Asuntos Internos. Ambas se veían tranquilas y relajadas.
—Muy bien mijito –dijo Mariela–, ya puedes irte y no olvides entregarle la nota a tus padres.
—No señorita –contestó Sofío con la típica sonrisita de niño bueno. Un angelito de criatura.
Cuando se fue, Gibraltasia acarició la oreja derecha de Mariela y le dijo:
—Bien querida, ahora podemos continuar con lo nuestro.